Reseñas

Matemática tiniebla. Genealogía de la poesía moderna.
Idea, seleccion y prólogo de Antonio Marí

En su magnífico estudio sobre Eliot y Auden, La ciudad consciente, sostiene Jordi Doce, uno de los traductores de los textos que integran este libro, que la poesía actual se encuentra en una encrucijada entre el peso innegable de la herencia simbolista y la búsqueda de nuevos caminos que no acaban de despuntar. Si tal constatación es cierta (y me inclino a pensar que sí) un volumen como este resulta del máximo interés para todo aquel que quiera aproximarse a las fuentes de la gran poesía del XIX y del XX. Aun cuando siempre se puede discutir la pertinencia de la inclusión de uno u otro ensayo, hay que felicitarse de esta iniciativa de Marí (para la que ha contado además con dos excelentes traductores), en la que, como una investigación criminal del excéntrico Dupin, rastrea la huella de otro gran excéntrico, Poe, cuyo papel de agente provocador en la poesía francesa no dejó de causar la perplejidad de Eliot.

            Poe, en buena medida un poeta menor, tiene el indudable pero paradójico honor de haber abierto senderos que siguieron, entre otros grandes, Baudelaire y Mallarmé. Esta extraña paternidad no es sino una de las paradojas que acompañan a la lírica de los últimos siglos: quizá una de las más llamativas es la del oxímoron del título, esa matemática tiniebla que, al tiempo que sugiere un entendimiento casi sagrado de la palabra, empuña el escalpelo de una inteligencia empeñada en mostrar lo que de artificio tiene toda escritura (como ilustra el célebre texto de Poe, “El principio de la composición”, que haya tal vez que contar, por su provocadora pero tal vez fingida sinceridad, entre los textos de ficción del norteamericano). En el simbolismo cabe, desde sus inicios, la comprensión analógica del universo junto con la inmisericorde ironía que pone en cuestión  esa red mágica de correspondencias. De manera no menos sorprendente, la máxima exigencia intelectual convive con la poética del efecto y de la sugerencia, que invita al lector a abandonar ese control de la racionalidad vigilante (lo que abre, sin embargo, las puertas a otro tipo de racionalidad, que tal vez cabría llamar musical).  Y no menos llamativa resulta la defensa de la autonomía de la obra junto con el frecuente interés, a menudo, desmesurado, por la vida del artista. El poeta simbolista une, de manera inverosímil, la visión del brujo que cree en sus propios hechizos y la del ilusionista que nos enreda constantemente con nuevos trucos de magia. Como si desde el principio el simbolismo llevará en sí mismo las causas de su propia disolución (como si esa fuerza corrosiva fuera al mismo tiempo parte consubstancial de su vitalidad) este movimiento nos arrastra de paradoja en paradoja, sin que estemos seguros ni siquiera si es un movimiento estético como otros tantos o  más bien, en la estela de la propuesta de Valéry en “Existencia del simbolismo”, una sensibilidad que trasciende toda escuela concreta.

 Incluso el apresuramiento de Eliot por dar por clausurado el camino que lleva de Poe a Valéry, se inscribe en esa nostalgia del mundo como Libro, por más que el autor de La tierra baldía quiera recuperar el significado estrictamente religioso del Verbo.  Eliot, pese a su afán de certezas, forma parte también de ese fecundo naufragio en el que una tardía Modernidad a la deriva pasa revista a sus mitos y promesas más arraigadas. Como si “El cuervo” de Poe, con toda su artificiosidad y sus excesos, hubiese acertado en su involuntario presagio y dictase a la lírica la expulsión definitiva del Paraíso, un no menos certero por teatral “Nunca más”.

 

 

Jose Luis Gómez Toré
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literaturas.com

http://www.literaturas.info/revista_int.php?IdElement=15&IdSubElement=3&IdSubSubElement=241 | 27.05.2011

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