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En un ámbito como el literario donde la planificación y la estrategia están sobre valoradas, libros como “Perros en la playa” del asturiano Jordi Doce corren el peligro de pasar desapercibidos; de no ser estimados en su justa medida. Porque sabemos que la división de géneros es, a la postre, un modo de jerarquizar, nos preguntamos a menudo qué hacer con los libros que dan la espalda a dicha clasificación.
Como dice el propio Jordi Doce en la nota final del libro, “Perros en la playa” (La Oficina Ediciones) empieza donde termina “Hormigas blancas” (Bartleby, 2005), un libro este, determinado por el aforismo pero que insinuaba y mostraba una querencia más allá de la expresiva parquedad del sofisma. A “Perros en la playa” podríamos clasificarlo como cuaderno de notas, aunque para el crítico con vocación de taxidermista sería como no decir nada. En un itinerario marcado por obras como las de Elías Canetti o Peter Handke, por citar dos ilustres ejemplos, Jordi Doce nos demuestra que, a pesar de su naturaleza de merodeo y de su aparente ausencia de estructura, los libros de notas no son mera prenda de entretiempo. Muy al contrario, “Perros en la playa” es tan generoso y aplicado en las diversas direcciones hacia donde apunta que sería un error no elevar su categoría a la de libro imprescindible para la trayectoria del autor de “Gran angular” y para la suerte del lector que se anime a leerlo.
Por encima de todo, “Perros en la playa” es el libro de un poeta, pues la poesía es una de las médulas sino la médula principal de sus páginas. Aprovecha Jordi Doce para reflexionar con lucidez y serenidad sobre la anatomía del poema, y aprovecha también para dejarnos algunos versos, así de feliz es la lasitud de los libros de notas. No obstante, siguen siendo sus hormigas blancas sal y azúcar de lo escrito. Compensadas en esta ocasión con apreciaciones sobre la literatura en general y la vida en particular.
Caso aparte merece lo que para mí es un género en sí mismo: esos fragmentos en que el poeta camina de vuelta a casa o hacia el trabajo; de la mano de su hija o con las manos resguardadas en los bolsillos. Fragmentos de huellas y miradas que logran obtener del paisaje observado y paseado una apreciable temperatura lírica y emocional:
PRIMER sábado del año en el Muro. La gente pasea tranquila y bien vestida junto a un mar oscuro y mercurial, imantado por la luna llena que hace dos noches vimos inmensa y colgada sobre la ciudad. Me conmueve el contraste entre la formalidad del paseo y la violencia del agua, como si camináramos junto a la caseta de las fieras en un zoo. Esa convivencia de la ciudad y la jungla, la densidad del agua violenta, su vegetación de espuma y olas voraces.
En cuanto a los aforismos, guardan una elevada capacidad de sugestión aquellos que operan a modo de pequeñas poéticas portátiles o como fragmentos de una poética en curso (así tituló Jordi Doce uno de sus textos). Al comienzo de “Perros en la playa” desfilan tres hormigas que concentran certeza, siempre un punto provocadora, y capacidad para interpelar al propio autor y a las intenciones del libro:
CUANDO escribir consiste en no sacarle todo el partido a las palabras
HACER de sus restas una suma, por pequeña que sea. La vocación profunda del aforista. LA tierra apelmazada de la página. Esperas, para tu suerte, que haya hormigueros.
Los hormigueros, con sus conductos secretos son imagen de un libro que se esponja para generar distintos afluentes por donde discurrir. La profundidad de una clase de aforismo que se distancia así de la reiterada confusión entre brevedad e ingenio; entre brevedad y superficialidad. Y las palabras, a las que les queda siempre una penúltima gota por exprimir. Durante poco más de doscientas páginas, Jordi Doce nos ofrece la posibilidad de conversar con un poeta que, a pesar de situarse en el epicentro del texto, no se permite caer en autocomplacencias ni frivolidades – más teniendo en cuenta que el germen y sostén de estas notas es el blog que el autor mantiene ya desde hace quinientas entradas, pues suele ser la blogosfera, planeta con tendencia al ombliguismo y el autobombo – por el contrario: en “Perros en la playa” su autor no duda en ser objeto él mismo de rigurosos escrutinios; en mostrarnos que, todo libro escrito con honradez, es más un páramo e intemperie que un cobijo bajo techo.
Primorosamente editado por La oficina de Arte y Ediciones, va el libro sazonado por sugestivos dibujos del pintor Javier Pagola.
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http://www.literaturas.info/revista_int.php?IdElement=15&IdSubElement=3&IdSubSubElement=238 | 27.05.2011 |
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